La fuerza está en los hábitos. Cuando haces algo de manera constante, sin interrupciones, sin vacaciones, sin pausas para «después», vas desarrollando poco a poco una cualidad especial — llamémosla «incapacidad de quedarse quieto». Simplemente no puedes estar sin hacer nada, es físico. Te pica por dentro. Cada minuto libre intentas instintivamente invertirlo en algo, llenarlo con algo, dirigirlo hacia algún lugar.
Empiezas a ver el tiempo de otra manera — como un recurso. No amenazante ni agobiante, sino atractivo. Algo parecido al dinero: a unos les gusta gastarlo, a otros invertirlo. Aquí ocurre lo mismo: el tiempo deja de ser el telón de fondo de la vida y se convierte en su materia prima. Y en eso hay un placer particular — no apresurado ni ansioso, sino tranquilo y apasionado a la vez.
Si este recurso es renovable o no — creo que no vale la pena caer en esa trampa. En cuanto empiezas a pensar en su agotamiento, el tiempo se convierte en fuente de angustia y no de energía. Sí, no estamos aquí para siempre. Aunque algún día venzamos la vejez, tarde o temprano nos quedará pequeña la envoltura que nos dicta la fisiología — y habrá que abandonarla. Pero eso no es razón para contar los minutos. Es razón para no malgastarlos.
